International Journal of Coercion, Abuse, and Manipulation Volume 9, Issue 2 2026 86
en la sobrecarga asistencial son plausibles, resulta
esencial diferenciar los fallos derivados de limitaciones
sistémicas de aquellas tácticas que reflejan dinámicas de
poder y control coercitivo. Solo estas últimas configuran
patrones sostenidos de vulneración ética y requieren
respuestas deontológicas específicas, mientras que las
primeras demandan reformas estructurales y mejoras
en la calidad asistencial.
En cambio, no se observaron diferencias significativas
según el enfoque terapéutico ni el tipo de terapia
(individual o grupal), lo que probablemente se deba
a la baja representación de algunos enfoques en la
muestra. En este sentido, los resultados solo confirman
parcialmente la influencia de estas variables,
sugiriendo que futuros estudios quizá puedan arrojar
mayor claridad sobre su papel en la aparición de malas
prácticas.
En conjunto, los resultados, coherentes con los estudios
previos sobre denuncias éticas y legales, indican
que las malas prácticas no se circunscriben a las
pseudoterapias, sino que también pueden presentarse
en contextos de psicoterapia convencional, incluso
cuando son dirigidos por profesionales altamente
formados. Esto refuerza la necesidad de abordar las
vulneraciones éticas como un fenómeno transversal
a distintos marcos terapéuticos, más que como un
problema exclusivo de los enfoques alternativos.
Resulta especialmente relevante que, aunque el
ministerio de Sanidad no la considera como una terapia
con evidencia, incluso en terapias que se presentan
como psicoterapias convencionales por su popularidad
en ciertos contextos —por ejemplo, el psicoanálisis—,
algunos pacientes hayan obtenido puntuaciones
elevadas en la PAEGS. Este hallazgo sugiere que
ciertas dinámicas coercitivas pueden emerger también
en contextos clínicos formalmente legítimos, con
independencia de la orientación teórica o del marco de
referencia (p. ej., Conte y Karasu, 1990 Deardorff et al.,
1984 Lilienfeld, 2007 Mattioli, 2020 Saphiro y Smith,
2011). Ello podría deberse, por un lado, a desviaciones
de las prácticas esperadas dentro del propio enfoque
—por ejemplo, intervenciones que sobrepasan sus
límites técnicos o éticos— y, por otro lado, al camuflaje
de pseudoterapias o intervenciones no acreditadas bajo
denominaciones que evocan legitimidad profesional.
En ambos casos, la frontera entre la práctica clínica y
la coercitiva se difumina, subrayando la necesidad de
mecanismos de supervisión y formación que aseguren
el cumplimiento de estándares de competencia e
integridad profesional.
En consecuencia, resulta prioritario promover
una mayor sensibilización y alfabetización ética
en la población general, no solo en lo relativo a la
distinción entre tratamientos psicológicos basados
en evidencia (Moriana y Gálvez-Lara, 2020) y ofertas
pseudoterapéuticas potencialmente dañinas, sino
también en torno a los estándares éticos que rigen la
práctica profesional. Este conocimiento contribuye a
la prevención de abusos y al fortalecimiento del juicio
crítico frente a prácticas no reguladas. Del mismo
modo, es fundamental profundizar en la formación
ética de los profesionales de la psicología, situando en
el centro la comprensión del abuso como fenómeno
ético-relacional y el derecho de las personas afectadas
a narrar y dignificar sus experiencias. Reforzar este
enfoque no solo promueve una cultura profesional más
responsable, sino que también facilita que las víctimas
puedan reconocer y defender sus derechos cuando
denuncien los malos tratos sufridos.
Los impactos del control coercitivo han sido
ampliamente documentados en investigaciones
con exmiembros de grupos sectarios, donde suelen
evaluarse en términos de abuso psicológico grupal. En
este sentido, se ha estimado la existencia de alrededor
de 5.000 grupos o comunidades con prácticas de abuso
psicológico en Estados Unidos (McCabe et al., 2007), lo
que evidencia la magnitud y persistencia del fenómeno.
Además, el abuso psicológico grupal se ha identificado
como una variable de gran influencia en el malestar
emocional y el ajuste posterior a la salida de entornos
coercitivos, actuando como un predictor significativo
de las dificultades psicológicas que afrontan las víctimas
tras su desvinculación (Antelo et al., 2021b).
Por lo tanto, resulta esencial considerar los efectos
del control coercitivo en contextos grupales,
operacionalizados a través de los dominios de abuso
psicológico medidos por la PAEGS, dada su estrecha
relación con la ejecución de malas prácticas (p. ej.,
Mattioli, 2020 McKay y Jensen-Doss, 2021). De forma
consistente, investigaciones recientes muestran que
el abuso psicológico grupal en entornos sectarios o
coercitivos se asocia con un descenso significativo del
en la sobrecarga asistencial son plausibles, resulta
esencial diferenciar los fallos derivados de limitaciones
sistémicas de aquellas tácticas que reflejan dinámicas de
poder y control coercitivo. Solo estas últimas configuran
patrones sostenidos de vulneración ética y requieren
respuestas deontológicas específicas, mientras que las
primeras demandan reformas estructurales y mejoras
en la calidad asistencial.
En cambio, no se observaron diferencias significativas
según el enfoque terapéutico ni el tipo de terapia
(individual o grupal), lo que probablemente se deba
a la baja representación de algunos enfoques en la
muestra. En este sentido, los resultados solo confirman
parcialmente la influencia de estas variables,
sugiriendo que futuros estudios quizá puedan arrojar
mayor claridad sobre su papel en la aparición de malas
prácticas.
En conjunto, los resultados, coherentes con los estudios
previos sobre denuncias éticas y legales, indican
que las malas prácticas no se circunscriben a las
pseudoterapias, sino que también pueden presentarse
en contextos de psicoterapia convencional, incluso
cuando son dirigidos por profesionales altamente
formados. Esto refuerza la necesidad de abordar las
vulneraciones éticas como un fenómeno transversal
a distintos marcos terapéuticos, más que como un
problema exclusivo de los enfoques alternativos.
Resulta especialmente relevante que, aunque el
ministerio de Sanidad no la considera como una terapia
con evidencia, incluso en terapias que se presentan
como psicoterapias convencionales por su popularidad
en ciertos contextos —por ejemplo, el psicoanálisis—,
algunos pacientes hayan obtenido puntuaciones
elevadas en la PAEGS. Este hallazgo sugiere que
ciertas dinámicas coercitivas pueden emerger también
en contextos clínicos formalmente legítimos, con
independencia de la orientación teórica o del marco de
referencia (p. ej., Conte y Karasu, 1990 Deardorff et al.,
1984 Lilienfeld, 2007 Mattioli, 2020 Saphiro y Smith,
2011). Ello podría deberse, por un lado, a desviaciones
de las prácticas esperadas dentro del propio enfoque
—por ejemplo, intervenciones que sobrepasan sus
límites técnicos o éticos— y, por otro lado, al camuflaje
de pseudoterapias o intervenciones no acreditadas bajo
denominaciones que evocan legitimidad profesional.
En ambos casos, la frontera entre la práctica clínica y
la coercitiva se difumina, subrayando la necesidad de
mecanismos de supervisión y formación que aseguren
el cumplimiento de estándares de competencia e
integridad profesional.
En consecuencia, resulta prioritario promover
una mayor sensibilización y alfabetización ética
en la población general, no solo en lo relativo a la
distinción entre tratamientos psicológicos basados
en evidencia (Moriana y Gálvez-Lara, 2020) y ofertas
pseudoterapéuticas potencialmente dañinas, sino
también en torno a los estándares éticos que rigen la
práctica profesional. Este conocimiento contribuye a
la prevención de abusos y al fortalecimiento del juicio
crítico frente a prácticas no reguladas. Del mismo
modo, es fundamental profundizar en la formación
ética de los profesionales de la psicología, situando en
el centro la comprensión del abuso como fenómeno
ético-relacional y el derecho de las personas afectadas
a narrar y dignificar sus experiencias. Reforzar este
enfoque no solo promueve una cultura profesional más
responsable, sino que también facilita que las víctimas
puedan reconocer y defender sus derechos cuando
denuncien los malos tratos sufridos.
Los impactos del control coercitivo han sido
ampliamente documentados en investigaciones
con exmiembros de grupos sectarios, donde suelen
evaluarse en términos de abuso psicológico grupal. En
este sentido, se ha estimado la existencia de alrededor
de 5.000 grupos o comunidades con prácticas de abuso
psicológico en Estados Unidos (McCabe et al., 2007), lo
que evidencia la magnitud y persistencia del fenómeno.
Además, el abuso psicológico grupal se ha identificado
como una variable de gran influencia en el malestar
emocional y el ajuste posterior a la salida de entornos
coercitivos, actuando como un predictor significativo
de las dificultades psicológicas que afrontan las víctimas
tras su desvinculación (Antelo et al., 2021b).
Por lo tanto, resulta esencial considerar los efectos
del control coercitivo en contextos grupales,
operacionalizados a través de los dominios de abuso
psicológico medidos por la PAEGS, dada su estrecha
relación con la ejecución de malas prácticas (p. ej.,
Mattioli, 2020 McKay y Jensen-Doss, 2021). De forma
consistente, investigaciones recientes muestran que
el abuso psicológico grupal en entornos sectarios o
coercitivos se asocia con un descenso significativo del









































































































